Sueños de Samurái
- elartedeescribir20
- 11 sept 2021
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 26 nov 2021
Autor e ilustrador: Nicolás Roy Cely

Alejado de su campamento y sentado bajo el atardecer de esa profunda y silenciosa playa, aquel Samurái dibujaba con la punta de su sable una asombrosa armadura sobre la húmeda arena. La imaginaba de color blanco, conformada por unas botas demasiado anchas y, en su espalda, cargaba una caja rectangular muy grande que se conectaba mediante un largo cable a la cabeza del traje, la cual tenía forma esférica y poseía un vidrio en la parte frontal.
Según imaginaba el Samurái, la armadura no solo le serviría para protegerse, si no para
sobrevivir fuera de su planeta y viajar a lugares remotos, más allá de los que había
descubierto en las pocas notas de astronomía que habían escrito en su campamento.
Lugares mejores donde la comida abundara y se respirara aire puro, no como el hogar que conoció con el nombre de Tierra, en que los fuertes rayos del sol estaban matando
lentamente a los cultivos y los hombres. Imaginó con emoción cómo sería su vida si tan solo esa armadura existiera.
De pronto apareció frente a él un ser que tenía puesta, casi por completo, la misma
armadura que él había dibujado. Estaba sucia y en la cabeza del traje el vidrio estaba
completamente negro, lo cual le impedía al Samurái distinguir su rostro. Maravillado, vio
cómo se acercaba. El visitante le dijo:
—Hola, te vi a lo lejos y mi detector me informó que somos de la misma especie. Así que
no te asustes, soy igual que tú.
El sujeto pulsó un botón de su traje e iluminó su rostro en el interior del casco. Efectivamente, era humano. Luego continuó:
—No puedo darte mi nombre, solo te puedo decir que soy un viajero interestelar y me
encuentro buscando un nuevo planeta para mi civilización, la cual… se encuentra en
peligro.
El Samurái era incapaz de pronunciar una palabra. Entonces, el viajero prosiguió:
—Tal vez estés asustado por mi visita…un poco inesperada. Pero no te preocupes, solo
vengo a hacerte una pregunta: ¿en este planeta vive más gente o eres el único?
¿Por qué contarle sobre los demás hombres del campamento? Pensó el Samurái. Ya no tenía que pasar horas dibujando fantasías para dejar de pensar en que su muerte, a causa de esos rayos de sol, estaba cada vez más cerca. Solo debía descubrir cómo había llegado esa inesperada visita sin que nadie se entrometiera.
—Em… No, la verdad soy el único que habita este planeta. Pero no hay de qué
preocuparse. Este planeta es habitable, he vivido aquí durante largos años.
—¡Qué maravilla! ¿Te gustaría guiarme en una excursión para conocer el terreno?
—Em… sí, me encantaría.
—¡Genial! Entonces, espera. Voy por mi cámara estroboscópica.
El viajero volteó para avanzar, pero antes de empezar a caminar giró hacia el Samurái:
—Puedes acompañarme… si quieres.
No dudó en acompañarlo y, pasados unos momentos, llegaron a un pequeño conjunto de palmeras en donde el Samurái vio un enorme y extraño aparato. Lo observó con curiosidad y le preguntó:
—¿Esa es la cosa que llamas nave?
—Ah sí, con ella llegué hasta aquí.
Aquella respuesta hizo desaparecer su inquietud de cómo había llegado.
—¡Wow! ¿Me puedes enseñar su interior?
—Sí, está bien, no hay prisa.
El viajero pulsó un botón verde de su traje y una gran puerta dejó ver el interior de la nave.
Una vez adentro, el samurái no paraba de observar con los ojos bien abiertos todas las cosas que se hallaban allí, y en los momentos siguientes, inundó de preguntas al viajero sobre cómo había descubierto su planeta, cómo funcionaba la nave, qué planetas había más allá de los que habían descubierto en las notas de astronomía, y, sobre todo, acerca de su traje, aquella cosa que lo había dejado completamente encantado con el gran parecido que tenía con su dibujo en la arena, y no solo de eso, si no que tenía las mismas funciones que él había imaginado. Aquellas cosas hicieron que se moldeara poco a poco todo su plan.
Luego de que el viajero organizara sus implementos de exploración, salieron de la nave y el Samurái lo guió a la esquina más alejada de esa playa para que ningún otro Samurái pudiera ver lo que estaba a punto de hacer.
— ¿Vez eso de allá? — preguntó el Samurái.
— Sí, lo veo, ¿Qué es?
—Es una montaña, gracias a ella tenemos suficiente agua para sobrevivir, seguro eso le
vendría bien a tu planeta— le informo el Samurái.
— ¡Es increíble! Hace mucho no veía una montaña en buen estado.
El viajero sacó un extraño aparato, el cual sostuvo en frente de su rostro y dijo:
— Esta es una cámara, en mi planeta la usamos para…
El Samurái no escucho una sola palabra de lo que dijo, solo blandió su largo y afilado sable para luego atravesarlo sobre el pecho del viajero, y, mientras la sangre corría por su cuerpo, el samurái lo despojó de su armadura para usarla tal y como el viajero, que lo miraba con ojos de terror, le había explicado.
Mientras aquel viajero se desangraba lentamente, vio cómo a lo lejos su nave empezaba a despegar para marcharse a algún lugar del universo.



Hola, Nicolás: no puedo negar que tu cuento me deja una sensación de tristeza. Supongo que tiene que ver con la forma en la que logras interpretar y retratar algunas de esas partes oscuras que todos tenemos y que, tristemente, se dejan ver también cuando otro nos quiere ayudar.
Me parece que con el inicio y con el final, logras crear dos imágenes muy bonitas que hablan muy bien de lo que es el cuento.