top of page
Buscar

MI CASA, TU CASA, LA CASA DE TODOS

  • elartedeescribir20
  • 26 nov 2021
  • 9 Min. de lectura

Por: Samuel Heshusius Barrera

Fotografías: Samuel Heshusius Barrera



El Transmilenio me deja a una calle de la casa. Salgo de la estación y cruzo la calle con cuidado, rezando para que ningún carro me arrolle. Llego al otro lado y camino por la vereda de la derecha hasta llegar a la sexta casa: una mansión en ladrillo con bordado blanco, cercada por una reja negra metálica. Es la casa de la 70, el hogar de los ciento treinta y seis descendientes de don José, un viejo de 97 años de sabiduría y amor. Abro con delicadeza aquel candado de oro con un grabado que dice “VARGAS”. Entro. Me encuentro con un patio pequeño lleno de arbustos y hortensias que me idiotizan con el azul de sus pétalos. Continúo caminando y me encuentro con un antiguo carro verde: el transporte familiar. Recuerdo que una tía abuela mía usaba este carro para ir a recoger a don José cuando él se escapaba a misa todos los domingos por las mañanas. Continúo y me encuentro con un gran portón dorado, de metal. Prefiero tirarme a la izquierda y allí me encuentro con un minúsculo desnivel en ladrillo que conduce a un gran portón con chapa de oro. Abro la puerta y caminó sobre el piso de madera que a cada paso me trae a la memoria un montón de bellas historias. Así llegó a un arco de madera, lo atravieso y me encuentro con el comedor más grande y lujoso que yo haya visto, y sobre el que reposa un gran candelabro de vidrio. Camino en diagonal. Ahora estoy en una gigantesca sala que alberga decenas de anécdotas monumentales y desde ahí observó la gran chimenea que ha proporcionado calor a más de una generación de mi familia. Encima del desfogue de ella cuelga un gran cuadro con marco de oro en el aparece una dama morena con un vestido azul. Miro hacia arriba y veo un segundo candelabro. En la estancia hay múltiples sillones, enormes, y más allá tres ventanales con rejas blancas. Al girarme, encuentro una pizarra color madera repleta de fotografías que atrapan billonadas de recuerdos inolvidables y, en medio de todo ese auge de recuerdos veo la máquina de escribir verde, esa máquina que ha escrito los textos más fabulosos de la historia. Me giro y encuentro una puerta corrediza, en persiana de madera. Ahora me echo hacia atrás y me siento a pensar en el montón de cosas que han ocurrido tras estos muros, sin duda anécdotas inolvidables y de suma entretención para los oyentes o lectores. Pero infortunadamente, en esta ocasión, tendré que dejarlos con las ganas, pues esta pluma no tiene suficiente tinta para describir tales anécdotas. Aunque lo que sí les contaré es cómo llegó don José a conseguir esta apasionante casa en la cual las paredes y los pisos con su crujir, susurran que todo comenzó a mediados del siglo pasado.


En aquella época distante se pusieron en venta múltiples mansiones de estilo antiguo y europeo en el barrio Quinta Camacho, el barrio más ricachón de Bogotá, por aquel entonces. A don José le ofrecieron esta casa por haber cumplido su segundo año como como codirector del banco de la República. En aquel momento él vivía por el centro de Bogotá, junto su esposa y sus cuatro hijos. En principio, rechazó la casa pues se encontraba por fuera de su presupuesto y prefirio irse a vivir Chía. Transcurrieron 8 años. Ahora la familia de don Jose estaba conformada por doce personas y, por ende, le urgía conseguir un espacio más grande. Fue entonces cuando le volvieron a ofrecer esta casa y en esta ocasión la aceptó, por insistencia de su esposa, quien confiaba en la ayuda de Dios para pagarla. La familia siguió agrandándose. Llegaron a ser dieciséis personas.

Se cuenta que esta casa de más de setenta años fue, en un tiempo, utilizada como sede de la Universidad de la Sabana y que, en otra época, el parqueadero fue utilizado como almacén de discoteca. Por lo demás, siempre ha sido habitada por la familia Vargas.

Haber oído el poético crujir de paredes y pisos me ha llenado de ganas para continuar el recorrido. De modo que, me levanto y camino hasta la puerta corrediza, la desplazo y enfrento un profundo pasillo que tiene un tercer candelabro en el techo. Giro a la derecha y me encuentro con una mesita de madera y, sobre ella, veo una foto enmarcada de don José con sus catorce hijos. Atravieso el pasiilo hasta que a mi izquierda me encuentro un pequeño baño de puerta en madera con manija de hierro, las paredes y los pisos de baldosa azul, un inodoro blanco al igual que el lavamanos y con un switch que prende y apaga el bombillo de luz amarilla. Al salir, encuentro unas escaleras, pero prefiero seguir derecho hasta el fondo y ahí me encuentro una enorme cocina enchapada con baldosa blanca, con enormes alacenas de madera. También hay una gran ventana con rejas blancas y una pequeña mesa en cuero y madera en todo el centro de la cocina.

Una vez, en esta cocina, recibimos a una prima que llegaba desde muy lejos, al tiempo que despedimos a otra prima que se iba al extranjero a cursar un doctorado. En esa ocasión, después de comer, fuimos a la sala y nos pusimos a ver fotos, y finalmente nos tomamos una juntos.

Salgo de la cocina, subo por el largo tramo de escaleras de madera y así llegó al segundo piso. A mi alrededor hay tres gigantescos cuartos; calculo que en uno podrían caber cómodamente diez personas, en el otro diecisiete y en el otro, catorce. Me giro y descubro un una cuarta habitación para doce personas. Ahora recuerdo que en una época, con mis primos usamos esta habitación como sala de cine. Al costado derecho hay un largo pasillo. Camino por hay y veo un enorme baño con baldosa verde y una enorme tina. Continuó hasta el fondo y llego a las otras tres habitaciones enormes también. Regreso hasta que encuentro unas escaleras que suben, pero en lugar de seguir por ahí, me desvío por otro gran pasillo que está al costado. Avanzo hasta el fondo y llego a otros tres dormitorios, tan grandes y evocadores como todo lo que he redescubierto hoy.

Finalmente, llegó al tercer piso. Una habitación descubierta, personal, que colinda con un gran cuarto en el que fácilmente cabrían doce personas. Subo por unas pequeñas escaleras que se encuentran al costado izquierdo de la puerta de aquel cuarto, y me encuentro con otra gran habitación. Bajo y camino en diagonal y veo un enorme baño con un desnivel en baldosa azulada. En la misma dirección encuentro una gran habitación. Continuó y arribo a un estrambótico cuarto en el cual podrían caber cómodamente ciento treinta y siete personas.

Precisamente ahora me viene en mente la noche en que me quedé a dormir en esta habitación. Al otro día jugué con un montón de juguetes envidiables. Bajo hasta la cocina y me meto por una puerta que se encuentra al respaldo de la estufa y veo dos puertas. Al lado izquierdo está el gran portón de metal que estaba a la entrada de la casa y, a la derecha, un nuevo pasillo descubierto que lleva al patio trasero.

Sé que cuando don José compró la casa solo existía hasta aquí y sé también que lo que tengo enfrente de mí en este momento son dos espacios anexos, construidos después de haberla comprado. Me dirijo hacia la puerta que está enfrente, a la izquierda, y veo una larga escalera en baldosa café con un gigantesco paredón blanco a los dos costados. Subo por ahí y a mi derecha encaro una escalera en madera con un desnivel que lleva a un gran comedor. Enfrente de este hay un enorme ventanal y detrás una pequeña cocina. A la derecha hay una enorme sala con una ventana grande y varios sofás gigantes. Recuerdo cuando mi papá me enseñó en este espacio a comer granadilla. Subo por las largas y peligrosas escaleras de madera y encuentro la habitación que en una época usamos, mis primos y yo, como sala de juegos. Bajo y encuentro un pequeño baño, junto a él cuatro cuartos, dos personales y dos para dos personas. Me retiro de aquella ampliación y me dirijo por la puerta de la derecha. Al entrar veo a la izquierda un pequeño cuarto de lavado, a la derecha una gran cocina y luego una gran sala comedor con ventanas muebles, sofás y fotografías de la familia, un lugar utilizado para los juegos de mesa familiares. Al lado hay un enorme puerta de metal y vidrio que lleva al patio trasero. Al lado de la puerta un desnivel el cual lleva a un pequeño pasillo con piso en baldosa blanca como el resto de la ampliación y de igual manera con un par de grandes paredones de cemento verdes con fotografías de los matrimonios de los hijos y nietos de don José. Al fondo un baño, al lado derecho un cuarto para dos personas, y al lado izquierdo el cuarto de don José, con una gran puerta en madera con una manija de hierro. Entro. Veo su camita sencilla, de madera, con cobijas verdes y delgadas, un closet grande en madera, paredes amarillas, un árbol genealógico en oro con fotografías de sus hijos nieto y bisnietos, un televisor negro de 50 pulgadas, un conputador de escritorio negro, un gran sofa habano, y una enorme ventana con rejas de metal blancas. Me siento en aquel sofa y pienso en aquel hombre viejo pero fuerte, aquel hombre con una piel blanca, arrugada como una uva pasa pero llena de historias y acnecdotas impresionantes. Aquel hombre con preciosos ojos azulados como el cielo que han visto un sinfín de cosas, aquel hombre con poco pelo y el bigote blanco que le da un aire de experiencia, aquel hombre alto y flaco que inspira ternura y alegría. Lo veo en mi memoria vestido con chaqueta verde, camiseta azul de cuello y botones, pantalón negro de hilo, y zapatos cafés. Esa persona de la cual crecí distanciado, pero al que en me acerqué en mi adolecencia por influencia de mi padre. Gracias a ese acercamiento, he podido acumular recuerdos con él como el de la vez que jugamos a la ranita en Anapoyma, o la vez que viajamos a Saima o a Armenia, o la vez que él me acompañó en mi cumpleaños, en mi prmera comunión; las inicontables veces que lo vine a visitar aquí, en esta casa. En este lugar, me he sentado a escuchar la historia del abuelo Miguel, el primer Vargas que llegó a America. También aquí he oído sus esplendidos discursos al iniciar los concursos de villancicos, una tradicion familiar donde cada grupo de familia crea un villancico y luego, entre todos los miembros de la familia, elegimos y premiamos los mejores disfraces y las canciones más bonitas.

Una vez, don José me regaló una gorra fabricada por su padre, hace ya 78 años… Don José… Esa persona sencilla, esa persona sumamente activa, esa persona de la cual soy su tercer bisnieto, esa persona que a diario carga su bala de oxígeno al hombro para realizar largas y pesadas pero hermosas caminatas, esa persona que adora nadar, que canta y baila, que chatea por correo y escribe artículos de manera digital, esa persona con memoria de elefante, pletórica de alegría, aquel ser que lleva desde el 14 de abril de 1924 encantando al mundo con su presencia, el segundo de tres hermanos varones que a sus dieciseis años tuvo que sufrir la muerte de su hermano mayor (quien se mató en una avioneta), y quien al poco tiempo perdió a sus padres. Aquel ser que conoció al amor de su vida a los 24 años en un convento de curas y monjas y con quien se casó después de dejar los hábitos. Aquel ser que a partir de ese momento, se dedicó a ser banquero mientras su amor gobernaba la casa familiar. Vivieron una vida tranquila hasta que después de tener catorce hijos, su esposa murió a causa de un accidente cerebrovascular. Después de la muerte de su esposa, don José dedicó su vida a sus hijos quienes le dieron treinta y cinco nietos, quienes a su vez le dieron treinta y siete bisnietos: ciento treinta y seis descendientes en total.

Me encanta recordar desde aquí a aquel ser que se casó a los 82 años con su sobrina, con quien solo vivió un año de matrimonio, pues al cabo de ese tiempo ella murió de cáncer. Así que mandó a construir una finca en Anapoima llamada Villa Ester en honor a ella.

Aquel ser que a sus noventa y dos años tuvo que sufrir la muerte de su hermano menor y también la de una sobrina. Aquel ser que actualmente vive en esta casa con seis de sus hijos, tres de sus nietos y un yerno. Aquel ser que fue declarado como el hincha más viejo de Millonarios F.C., aquel ser llamado José Guillermo Vargas Posada, aquel ser es mi abuelitorretintin, una persona admirable a la que amo y de quien me alegra por montones haber tenido la fantástica oportunidad de conocer.

Me levanto del sillón, salgo al gigantesco patio, me siento en una de tantas bancas blancas de metal y me pongo a contemplar el montón de máticas cansadas de pelear contra el montón de perros que vienen a destruirlas a diario. Observo el gran paredón blanco que se halla a sus espaldas para cubrirlas. Me pongo a pensar en el montón de relatos que esconde cada rincón de esta casa, tremendos relatos, perfectos para que el lector u oyente se siente a apreciarlos con una arepa de queso en una mano y un tinto en la otra. Me levanto de la banca, camino hasta salir de la casa, me dirijo a la estación del Transmilenio y me marcho tal y como llegué. Sin embargo, antes de irme, me asomo y miro por la ventana para despedirme de esta casa, fuente de recuerdos amorosos e inolvidables.


FIN.


 
 
 

Comentarios


¡Escribe aquí tus comentarios sobre nuestras historias!

Thanks for submitting!

© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

  • Facebook
  • Twitter
bottom of page