Hojas por montones (segunda entrega)
- elartedeescribir20
- 11 sept 2021
- 3 Min. de lectura
Autora: Ayu Violeta Gómez

Ilustración: Samuel Heshusius Barrera.
2. Los misteriosos padres de Arturo
Los chicos se quedaron toda la tarde cambiando, secando y seleccionando las mejores hojas. Luego, ya en la noche, tomaron chocolate con buñuelo de once⎯cena y finalmente Carolina y Arturo se fueron. Amalia recogió todo el desastre que había quedado, barrió y limpió la mesa, puso los individuales de nuevo y cogió su diccionario de hojas. Subió a su cuarto y lo depositó en su escritorio con cuidado. Se puso la bata de pijama, organizó la cama y cada uno de sus peluches, apagó la luz y se acostó. Aún estaba sorprendida por lo de Arturo. Pensó en los papás de Arturo. Casi nunca salían de casa, y cuando salían, siempre lo hacían muy abrigados, tanto que apenas se les veían los ojos, los cuales siempre le habían resultado extraños. Recordó que tenían un jardín hermoso, lleno de flores de todas las especies posibles, árboles frutales y no frutales, frecuentado por toda clase de animalillos, pero también recordó que solo había entrado una vez, y la madre de Arturo lo llamó adentro y en seguida este volvió y les dijo que no se podían quedar mucho rato, y a los diez minutos se fueron al parque. Amalia y Carolina habían acribillado de preguntas a su amigo, que por qué nos fuimos, que por qué tus padres no salen, pero Arturo no soltó palabra.
–¡Chicas! ¿Podemos dejar de concentrarnos en mis padres y en su vida privada? ¿Acaso yo hago lo mismo? ¡Ya no más! –había dicho, finalmente, en tono desesperado y enfadado.
Amalia y Carolina habían quedado mudas y avergonzadas, y desde ese día no volvieron a tocar el tema ni volvieron a la casa de Arturo.
Amalia se volteó, tirando uno de sus peluches por la borda. Recordó entonces el cuento de Las Dos Dríades, que sus padres le habían contado por primera vez cuando tenía tres años.
En ese momento, Arturo estaba también en su cama. Pensaba en sus padres. Siempre se había preguntado por qué tenía los ojos grises si su madre y su padre los tenían de un color rosado oscuro, muy extraño. Nunca había entendido por qué, pero sus ojos lo hechizaban siempre. Nunca podía desobedecer ningún mandato hecho por ellos. En ese momento, la puerta de su cuarto se abrió.
⎯Hola, hijo, ¿tuviste un buen día? ⎯preguntó su madre sentándose en una silla cercana a la cama.
⎯Sí, mamá, fue un gran día, estuve en casa de Amalia, y al final comimos buñuelo con chocolate ⎯dijo Arturo con un leve asentimiento de cabeza.
⎯Ah ⎯dijo su madre con suavidad. ⎯¿y qué hicieron además de tomar una deliciosa merienda? ⎯preguntó, curiosa.
⎯Organizamos las hojas ⎯explicó su hijo – y le cambié a Amalia cuatro hojas por la del Bosque Dorad… ⎯de repente, Arturo se acordó de lo que le habían dicho los padres de su amiga: “Así que, esta noche, debes preguntarles por ese cuento, se llama “Las Dos Dríades y el Bosque Dorado”.
⎯¿Te pasa algo, hijo? ⎯le preguntó la señora Fairel a su hijo, dándose cuenta de la interrupción.
⎯Nada, mamá, nada ⎯dijo Arturo. ⎯Solo… ¿te sabes el cuento de “Las Dos Dríades y el Bosque Dorado” por casualidad? ⎯preguntó.
⎯Yo… no, no conozco… no, para nada… no… ni idea… ⎯titubeó su madre. Cualquiera hubiese notado el cambio: se había puesto extremadamente pálida. Sin embargo, Arturo estaba tan concentrado en sí mismo que no advirtió la perturbación de su madre.
⎯¿No? Qué lástima… ⎯dijo en ese momento. ⎯Los papás de Amalia y Carolina si lo conocen.
⎯Ah, ¿sí? ⎯dijo su madre, nerviosa. ⎯Y entonces, ¿por qué no te lo contaron ellos?
⎯Dijeron que era un cuento muy especial, pero que era pasado de madres y padres a hijos o hijas ⎯explicó Arturo, todavía sin mirar a su madre. ⎯Así que pensé que quizás tú lo sabías…
⎯Ah, pues no, no lo sé ⎯dijo su madre. Ya estaba más calmada, se había ideado un plan para sortear ese problema. ⎯Pero ya después le preguntaré a tu papá.
⎯Bueno mamá, ¡muchas gracias! ⎯Arturo por fin la miró, muy contento. ⎯Buenas noches, ¡te quiero!
⎯Descansa hijo, descansa.
La señora Fairel cerró la puerta con suavidad.
Arturo miró hacia el techo y, después de un rato, giró la vista hacia la ventana. La luna llena brillaba intensamente. Arturo se quedó mirando y no supo si las escuchó de verdad, el caso es que en su mente se grabaron las palabras: “No te dejes engañar”.



¡Qué intriga!!! Ya quiero leer la siguiente entrega.