Cielo de músicos
- elartedeescribir20
- 8 jul 2021
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 15 jul 2021
Autor e ilustrador: Nicolás Roy Cely.

Por aquel prado verde e inmenso donde ya no crecían flores, y el cielo gris acompañaba a la fuerte brisa que mecía a las viejas portadas de discos que habitaban aquel lugar de soledad y olvido, había una chica que con su particular vestido rojo caminaba como algún tiempo atrás, en busca de aquella puerta que la llevaría al hogar en el cual ahora vivía aquel hombre del sombrero negro. Andaba, y veía de nuevo esos instrumentos musicales a los cuales solo los años habían sido capaces de quitarles su brillo y particular elegancia. Esos instrumentos que, al golpearlos o agitarlos, ya no producían los hermosos sonidos que esa chica recordaba pero que, aun así, podía sentirlos en su oído transformándose en los recuerdos maravillosos que le traía aquel extraño paraíso. Recuerdos, de cuando en ese camino que formaban aquellos instrumentos, junto a los gramófonos y reproductores de casetes que alguna vez estuvieron en las tiendas de música, habitaban esos músicos que ahora parecían olvidados en las sucias portadas que volaban impulsadas por el viento. Recuerdos, de cuando aquellas dulces voces decoraban aquel paraíso donde ahora reinaba el sonido de la fuerte brisa que entumecía todo su cuerpo. Recuerdos de cuando ese prado brillaba por las bellas composiciones que producían esos elegantes instrumentos al golpearlos o agitarlos. Recuerdos… de cuando los recitales que hacían aquellos músicos eran acompañados por la algarabía de las personas que les encantaba escucharlos. Y que poco a poco, las nuevas melodías que empezaban a nacer, hicieron que tanto ellos como sus canciones fueran apartados de los recuerdos de la gente, hasta quedar opacados por el olvido.
Caminaba, dirigiéndose al mismo lugar donde había ido las otras veces, impaciente por ver el dorado resplandor que brotaba de aquella puerta. El lugar donde se posaba una imponente montaña de instrumentos la cual debía subir para verla. Entonces, puso los pies con cuidado para no resbalar, y lentamente empezó a subir esos escalones de instrumentos de los cuales salían sonidos tan antiguos como la gente que alguna vez los usó.
Una vez llegó a la cúspide, con el corazón saliéndose de su pecho y los ojos brillantes de ganas por colocar su mano en esa cerradura de metal que la transportaría a otro lugar donde el tiempo ya no existía… No vio nada… Nada más que una simple hoja de papel con una nota que decía: usa la llave. De repente lo recordó, y al mismo tiempo que no podía creer como lo había olvidado comenzó a buscar un saxofón entre todos los instrumentos que la rodeaban a una velocidad desesperada. Apartaba uno a uno los instrumentos hasta que al fin apareció, lleno de polvo, oxidado y con la boquilla un poco rota, pero tal vez, aun capaz de producir la melodía que ella necesitaba. Lo tomó entre sus manos y se alistó para tocarla. Al inicio salieron sonidos chillantes y torpes, pero poco a poco, aquella melodía empezó a producirse a través de la campana de ese débil saxofón oscureciendo el pálido ruido del viento hasta hacer brillar, una vez más, aquel mágico lugar con la cosa por la que fue conocido.
De pronto, una gran luz amarilla apareció en lo alto y a la vez que tocaba, ansiosa, sin quitarle los ojos de encima percibió cómo, a medida que la melodía iba llegando a su fin, aquel destello comenzaba a organizarse para formar ante ella la puerta dorada que en algún momento creyó no vería otra vez. La puerta que, mientras descendía poco a poco, le despertaba esos recuerdos que estaban guardados en lo más profundo de su mente y que estaba decidida a no guardar más.
Cuando quedó frente a ella, soltó el saxofón, hizo girar la cerradura mientras cerraba sus ojos y, después de un breve suspiro, jaló la puerta.
De repente, una incesante ráfaga de brillo cayó con rapidez sobre ella al mismo tiempo que una fuerza invisible hizo que todo su cuerpo empezara a despegar hasta quedar suspendida en el aire, y cuando sus ojos se abrieron pudo ver aquel paraíso conformado por esas nubes blancas esparcidas por todos lados, y habitado, por aquellos músicos que ahora cantaban para siempre bajo la luz del sol, sonrientes, como todas las veces que aquella chica los vio cantar y lucirse en el escenario. Ahí estaban tocando sus instrumentos a una rapidez armoniosa, como si el tiempo no hubiera hecho que desaparecieran de los recuerdos de la gente que nunca los volvió a visitar.
Aquella chica avanzaba a una velocidad que iba en aumento gracias a la fuerza de los sonidos que nacían de esos, ahora, jóvenes instrumentos. Volaba, y reconocía esas melodías que alguna vez escuchó a la vez que buscaba al hombre del sombrero negro. Volaba, sabiendo que no iba a tardar en encontrarlo, que pronto lo vería detrás de alguna de aquellas nubes, y que por fin, estaría junto a él.
La chica del vestido rojo sentía como la felicidad se apoderaba de todo su cuerpo y como sus ojos eran más brillante que nunca, porque al fin, pudo verlo otra vez: de espaldas vistiendo su elegante traje de siempre y sosteniendo su viejo micrófono, cantando, con esa voz dulce pero fuerte que lo caracterizó. No pudo evitar sonreír a medida que aterrizaba rápidamente hasta poner sus pies sobre la nube, y lo observó con una mirada de alivio mientras se acercaba para tocarle la espalda.
Aquel hombre se giró lentamente y en cuanto la vio su canto desapareció para abrazarla con tal ternura hasta que se deshizo en lágrimas. Así estuvieron por un largo tiempo, escuchando como los sonidos volaban a su alrededor acompañando su reencuentro mientras las caricias y los besos resaltaban su alegría. Finalmente estaban juntos después de mucho tiempo. Finalmente, estaba donde quería estar.
Las lágrimas cesaron y en tanto ella acariciaba su mejilla en ambos se comenzó a formar una sonrisa de complicidad, porque sabían lo que harían a continuación. Se sentaron en la suave nube para cantar aquella canción con la que se conocieron y, tan pronto como los sonidos empezaron a salir de sus labios, una energía sobrenatural la hizo experimentar esas cosas inexplicables que la hacían sentir y cantar esa canción, en todo lo que la hacía recordar. Cantaba, y percibía como fluían esas melodías por todo su cuerpo, como ese sonido organizado la liberaba y la transportaba a otro lugar dentro de su mente que pronto dejaría cuando acabara la canción, a un lugar donde sus preocupaciones y problemas se olvidaban para que la música la arropara haciéndola creer que la vida no era corta. A un lugar donde aquellas voces no eran la sombra de lo que algún día fueron y la música vivía para siempre. A un lugar donde el tormento de la tristeza que vivió era reemplazado por la alegría de estar junto a él. Cantaba… y cada palabra que salía de su boca le recordaba lo bella pero corta que era la canción, cómo ese momento lo debía disfrutar con la persona que más apreciaba en ese cielo antes de que terminaran de cantar.
Cuando acabaron, solo con un largo abrazo se despidieron. Ahora debía regresar a la puerta por donde había llegado porque no podía quedarse más tiempo, y volver, no solo a aquel prado verde donde ya no crecían flores, si no a la realidad donde el paso de los días había hecho que su suave piel se llenara de arrugas y sus piernas llenas de vida necesitaran un bastón. Esa realidad… Donde solo tenía el disco que le regalo aquel hombre del sombrero negro para que así lo recordara, además de en una lápida que llevaba marcado su nombre, como la primera vez que se vieron.



Hola Nicolás, me conmovió mucho tu cuento. Es la historia de amor... y también esa sensación que experimentamos cuando nos sentimos abrazadas por la música... por los instrumentos... por sus intérpretes... Es un cuento nostálgico... Sí, la vida es corta... y vale la pena por esos pequeños instantes de intensas sensaciones... Seguiré atenta a las próximas publicaciones. Un abrazo. S.